Mariela Eula @ Psicoanálisis

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Psicoanálisis, culpa, y abuso.

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” (…) durante años los psicoanalistas hemos contraído una enorme deuda respecto a ciertas situaciones de abuso. Hemos planteado durante demasiado tiempo luna teoría endógena fantasmática respecto a una realidad traumática abusiva en la infancia, o con mujeres golpeadas… Más aún, la teoría con la que nos manejamos mucho tiempo fue la teoría de que el sujeto construye un destino y encuentra aquello que estaba marcado en su inconsciente, una suerte de predeterminismo ya que en lugar de estar marcado por los astros, estaba marcado por el inconsciente. De esta manera fue pensada, incluso, por el psicoanálisis, la neurosis de destino no como aquello que el sujeto teoriza respecto a cómo se le produjo o porqué se produjo algo en su vida, como una teoría más digamos sobre lo real que le llega, sino como una forma de buscar un cierto destino a partir de un modo neurótico de concebir la vida; lo cual en algunos casos es indudable que se produce así, pero en una enorme cantidad de casos, se trata más bien de la restitución omnipotente de un control de lo azaroso que tiene que ver con la conservación en el interior del psicoanálisis de una fantasía omnipotente de que el conocimiento del inconsciente podía llegar incluso a birlar la muerte. Si hay algo impactante que ha producido esta concepción en el campo no sólo de las psicosomáticas sino de la producción general de la enfermedad orgánica – una suerte de Groddeckismo que retorna, un pan-psicoanalitismo que habita incluso la naturaleza – ha sido llegar a ver gente que se adjudicaba la responsabilidad de haber sido el gestor de su enfermedad… yo he visto cosas patéticas. Una paciente con un cáncer terminal diciéndole al analista “¿qué no vi doctor, qué no vi?”.  Algo realmente terrible, donde encima de tener el sujeto un padecimiento tan brutal se responsabilizaba a sí mismo, se culpabilizaba de no haberse analizado suficientemente.
Cuestiones muy importantes y que tienen que ver no sólo con un problema ético, con un problema humano, sino con una manera de concebir el funcionamiento psíquico. Por qué el psicoanálisis no ha podido pensar de otra manera una serie de temas podría ser encarado desde, en principio, dos vertientes. Por un lado,  el hecho de que indudablemente es imposible pensar el psicoanálisis si no es en el marco de la subjetividad de los seres humanos que lo juegan – tanto para teorizarlo como para practicarlo de uno y otro lado del diván. Sería imposible que Freud hubiera pensado la teoría si no fuera analizando al Hombre de las ratas, al Hombre de los lobos y a Hans. Sujetos atravesados por ciertas organizaciones, por ciertas estructuras, sujetos que hoy en parte serían distintos, y sin embargo, en lo fundamental, tendrían un funcionamiento psíquico regulado por los mismos principios. Yo digo, bromeando, que si a las histéricas de la época de Freud se les quedaba la pierna dura por desear inconcientemente al cuñado, esas mismas histéricas harían hoy colapsos narcisistas en caso de que el cuñado no les diera bolilla. Es indudable que el destino del deseo, respecto a los modos de pautación históricos, ha cambiado, pero eso no quiere decir que haya cambiado la motivación libidinal con la cual se produce la determinación que permite encontrar la causalidad psíquica.
Lo mismo ocurre con lo que decía antes del abuso. El hecho de que ya no podamos pensar el Edipo en los términos planteados en los comienzos del psicoanálisis, sostenidos en el drama  clásico, atravesado incluso por los grandes debates que ha habido al respecto, el debate Foucaultiano, por ejemplo, que pone en el centro la cuestión del poder –  lo cual no es algo que se pueda considerar sin embargo al margen del deseo, lo que varía es el tipo de deseo: del amoroso a la ambición de poder -, no significa sin embargo que el tema central, aquel que yo considero más revulsivo, la cuestión que Freud pone en el centro de la antropología, vale decir de una teoría de la humanización,  no siga estando vigente: ella remite a la prohibición del goce intergeneracional, a la prohibición del intercambio sexual intergeneracional. Sin embargo, sólo a partir de la última parte del siglo XX el psicoanálisis ha podido invertir la causalidad edípica, entendiendo por ello la función del otro  adulto que introduce precozmente formas de representación y formas de excitación para los cuales el niño no está preparado, parasitando sexualmente al niño en el marco de una impreparación que lo lanza a un deseo para el cual se encuentra prematurado.
Es indudable esto: el psicoanálisis hizo un aporte extraordinario con este descubrimiento que ha marcado a la humanidad: el descubrimiento no sólo de la sexualidad infantil sino del deseo intergeneracional. El gran aporte está relacionado con esta cuestión que tiene que ver con el deseo intergeneracional y con el hecho de que el descubrimiento capital del Edipo es el descubrimiento de la prohibición del goce intergeneracional y en particular, si uno invierte los términos – siguiendo con esta idea antes expresada respecto a la inversión de la causalidad edípica, como surgida del deseo del adulto que revierte sobre el niño y no endogenamente del niño –  con la prohibición de la apropiación del cuerpo del niño como lugar de goce del adulto. Que esto se haya llamado “Ley del Padre”, a partir de Lacan, o Nombre del Padre, Metáfora Paterna, tiene una virtud y conlleva un problema. La virtud que tiene es que propone dar a la prohibición  un carácter terciario. El obstáculo que acarrea es el hecho de estar marcado por la forma de subjetividad de la familia patriarcal del siglo XX., con la confusión consiguiente entre Ley y Autoridad, y en última instancia convalidando los modos patriarcales de esta intervención. He bromeado al respecto diciendo por qué no se llama a la inscripción de la prohibición,  por ejemplo, “nombre de la hechicera mayor”, en lugar de nombre del padre… Pero bien, en definitiva lo que importa es el concepto, la idea de que hay algo que está ahí pautando la interdicción del goce, proporcionando  a su vez una salida para el endogenismo, en la medida en que la convocatoria erótica del adulto respecto al niño, genera en el niño una serie de fantasmas. Y es desde esta perspectiva que el psicoanálisis se afirma como el único campo de conocimiento que puede explicar de una manera sólida,  la cuestión del abuso no desde el punto de vista sociológico, no desde el punto de vista económico – más allá del hecho de que sea el Tercer Mundo el lugar donde se realiza el mayor turismo sexual del mundo en este momento y donde los países del Primer Mundo vienen a buscar prostitución infantil en Asia y en América Latia -, sino fundamentalmente puede explicar qué es lo que hace que el adulto sea convocado sexualmente por el cuerpo del niño y qué implica esto dentro de la conceptualización de las perversiones.”

 

Silvia Bleichmar

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