Mariela Eula @ Psicoanálisis

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Freud reconocia la complejidad del Superyó:“no es una abstracción, es una constelación estructural”. El Superyó es una multitud de voces, miradas, personajes significativos. Es la internalización de deseos y tabúes, anhelos y prohibiciones. Día a día va haciéndose cargo del “mundo externo” y de los valores de la cultura. El niño y el adulto necesitan ser amados por su Superyó, como también necesitan ser amados por las personas de su entorno .El Superyó “alberga la consciencia moral, la autoobservación y el ideal del Yo” (Freud,1932). Emite juicios. La piel tiene una facultad natural para distinguir entre frío y caliente. Pero el Superyó distingue entre “bueno” y “malo” sin la ayuda de ninguna facultad innata. El niño se somete al dictamen de aquel que lo socorre en su desamparo. El Superyó es y no es heredero del complejo de Edipo. Lo es porque comenzó esperando amor de las figuras parentales y así se constituyó como instancia intrapsíquica. Y no lo es porque hereda también de múltiples figuras. Congelar el Superyó a los cinco años, como congelar la constitución subjetiva, es ignorar que la historia identificatoria continúa a lo largo de toda la vida.Una serie de acontecimientos le dieron al Superyó una dinámica centrífuga. Y un trabajo de simbolización lo despersonalizó al alejarlo de los objetos parentales. El Superyó es transgeneracional.Las aspiraciones acerca de lo que se debe ser y tener (ideal del yo), así como las consignas acerca de lo no se debe hacer (consciencia moral), están conformadas por las aspiraciones de padres y sustitutos propuestos por la cultura.

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