Mariela Eula @ Psicoanálisis

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¿Qué es el deseo?

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Término empleado en filosofía, psicoanálisis y psicología para designar a la vez la tendencia, el anhelo, la necesidad, la avidez, el apetito: es decir, toda forma de movimiento en dirección a un objeto cuya atracción espiritual o sexual es experimentada por el alma y el cuerpo.
En Sigmund Freud, la noción es empleada en el marco de una teoría del inconsciente para designar a la vez la tendencia y la realización de la tendencia. En este sentido, el deseo es la realización de un anhelo o de un voto inconsciente.

Entre los sucesores de Freud, sólo Lacan ha conceptualizado la noción de deseo en psicoanálisis a partir de la tradición filosófica, para hacer de ella la expresión de una codicia o un apetito que tiende a satisfacerse en lo absoluto, es decir, fuera de toda realización de un anhelo o una tendencia.

El término Begierde remite la filosofía de la conciencia del sujeto, tal como se desarrolló en el siglo XIX a partir de la publicación de la Fenomenología del espíritu de Hegel. La conciencia en el sentido hegeliano reconoce al otro en tanto en él se encuentra así misma.
La relación con el otro pasa entonces por el deseo: la conciencia sólo se reconoce en un otro (es decir, en un objeto imaginario) en la medida en que, a través de ese reconocimiento, pone a ese otro como objeto de deseo.

El otro por lo tanto es el objeto del deseo que la conciencia desea en una relación negativa y especular que le permite reconocerse en el. Al mismo tiempo, cuando se destaca la relación negativa con el objeto del deseo, la conciencia, convertida en conciencia de sí, descubre que el objeto no está en el exterior de ella, sino en ella. La conciencia debió pasar por el otro para volver a sí misma con la forma del otro. Esta es la definición de Hegel del movimiento del deseo que conduce a la satisfacción. La conciencia sólo puede decir “yo” con relación a un otro que le sirve de soporte: yo me reconozco en el otro en la medida en que lo niego como otro.

Sin prestar atención a la tradición filosófica, Freud no emplea el término Begierde, sino Wunsch, que significa voto o anhelo, sin idea de codicia o reconocimiento de uno mismo por el otro y del otro por uno mismo. Además, emplea la palabra Lust en el sentido de pasión o tendencia, para definir lo que llama el principio del placer, es decir, una actividad que tiende a evitar toda forma de displacer: algo destructivo, que para Lacan será el goce.

En Freud, el deseo (Wunsch) es ante todo el deseo inconsciente. Tiende a cumplirse y a veces a realizarse. Por ello desde un primer momento está ligado a la nueva concepción del sueño, el inconsciente, la represión y el fantasma. De allí la definición siguiente, que no cambiará: el deseo es deseo inconsciente y realización del deseo. En otras palabras, la definición freudiana del deseo está en el sueño: el sueño es la realización de un deseo reprimido, y el fantasma, la realización alucinatorios del deseo en sí.

Aunque no tome en cuenta la idea de reconocimiento, Freud no identifica el deseo con la necesidad (biológica). En efecto, la necesidad se satisface con objetos adecuados, como por ejemplo la comida, mientras que el deseo está ligado a huellas mnémicas, a recuerdos. Se realiza en la reproducción a la vez inconsciente y alucinatoria de percepciones, convertidas en “signos” de la satisfacción. Según Freud, estos signos tienen siempre un carácter sexual, puesto que en el deseo siempre está en juego la sexualidad.
En La interpretación de los sueños se encuentran todos los ejemplos clínicos que permiten ilustrar esta teoría freudiana del deseo, en la cual la teoría inglesa, desde Melanie Klein, hasta Winnicott, añadió después otra dimensión: la relación de objeto, basado en el clivaje, el odio y la destrucción (envidia, objeto bueno y malo), o en la transitividad (objeto transicional).

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Lacan, por su parte, no opone una filosofía del deseo a una biología de las pasiones, pero utilizo un discurso filosófico para conceptualizar la perspectiva freudiana, a su juicio insuficiente. Establece entonces un vínculo entre el deseo fundado en el reconocimiento (o deseo del deseo del otro) y el deseo inconsciente (realización en el sentido freudiana).
Al hacerlo, diferencia más que Freud el deseo de la necesidad. Acercándose a Hegel y su idea de reconocimiento, Lacan introduce en 1953 un tercer término, que designó con la palabra “demanda“. La demanda se dirige a otro, y en apariencia se refiere a un objeto. Pero ese objeto es inesencial, porque la demanda es demanda de amor. En otras palabras, en la terminología de Lacan, la necesidad, de naturaleza biológica, se satisface con un objeto real (la comida), mientras que el deseo inconsciente nace de la distancia entre la demanda y la necesidad. Se basa en un fantasma, es decir, en un otro imaginario. Es por lo tanto deseo del deseo del otro, en cuanto que trata de ser reconocido absolutamente por él, al precio de una lucha a muerte que Lacan identifica con la famosa dialéctica hegeliana del amo del esclavo.


 

Fuente: ROUDINESCO E., PLON M, Diccionario de Psicoanálisis, Paidós. Pgs 217-18




 

Transtorno por déficit de atención (TDA o TDAH) y niños bipolares. Una infancia medicada.

Transtorno por déficit de atención (TDA o TDAH) y niños bipolares

(La información de esta entrada es un resumen textual del excelente artículo publicado en: Temas de Psicoanálisis, titulado: «La ideología de la neurociencia»,  y disponible completo en: http://www.temasdepsicoanalisis.org/la-ideologia-de-la-neurociencia-2/. Recomiendo enfáticamente su lectura, ya que contiene datos relevantes sobre el efecto nefasto de los psicofármacos en general, y sobre la medicalización de la vida cotidiana, en especial de la infancia)

En 1902 el inglés George Frederick Still, describió un tipo de niño que hoy  denominaríamos inquieto y conductual; en sus palabras, niños que tenían erupciones  violentas, destructividad y falta de respuesta a los castigos. El trastorno de déficit de  atención surge fundamentalmente por las quejas escolares y solo una minoría de niños  exhiben el trastorno en las entrevistas psiquiátricas (Whittaker, 2010 a).

En 1980 el DSM-III introdujo el trastorno de déficit de atención como enfermedad  por primera vez, con síntomas cardinales de hiperactividad, inatención e impulsividad.  Dado que muchos niños se inquietan y tienen la dificultad de mantener la atención en el colegio, el diagnóstico empezó a despegar.

En 1987 se aflojaron aún más los criterios diagnósticos en el DSM-III-R renombrándolo Trastorno de déficit de atención e hiperactividad. A continuación, Ciba Geigy financió a una asociación de personas afectadas del Trastorno “CHADD” (Children con trastorno por déficit de atención) quienes consiguieron, mediante un trabajo de lobby  político pagado por el laboratorio, que el Congreso de los Estados Unidos de América, incluyera TDAH como minusvalía cubierta por el edicto de minusvalías educativas y que los niños optaran a servicios especiales financiados con impuestos federales. Acto seguido, las escuelas empezaron a identificar niños con este trastorno. De repente, los niños con TDA se podían encontrar en todas las clases de todos los colegios. El número de niños

diagnosticados se elevó a un millón en 1990 y dobló la cifra cada cinco años. Hoy hay tres millones y medio de niños en Estados Unidos tomando estimulantes para TDA, eso es uno de cada 23 niños entre los 4 y los 17 años está actualmente medicado con estimulantes.

[…]

Aunque la gente escucha a menudo que el TDAH es una enfermedad cerebral que normalmente requiere un tratamiento de por vida, la verdad es que su etiología es desconocida. La neuroanatomía del cerebro es normal y después de años de investigaciones clínicas y de experiencia con TDAH, “nuestro conocimiento de la misma es

especulativo”, explicó el panel de expertos del Instituto Nacional de la Salud Mental (NIMH) en 1998.

Así pues, vemos que no se descubrió nada nuevo que mostrara una enfermedad mental llamada TDA. Ha habido una larga historia de especulación en la medicina, según la cual, los niños extremadamente hiperactivos sufrían una disfunción cerebral de algún tipo. Es una idea razonable, pero la naturaleza de la misma nunca fue discernida hasta que en los años 80 la psiquiatría, simplemente con una firma, creó en el DSM-III una definición dramáticamente expandida de hiperactividad; el distraído “sieteañero” que andaba en su mundillo, de golpe, está ahora padeciendo un trastorno psiquiátrico.

Mecanismo de acción del metilfenidato

Con Rubifén un niño inquieto, que era un “pesado” en la clase y se movía demasiado, se silencia. El niño ya no habla tanto ni interrumpe el ritmo de la clase. Si se le da una tarea, como el hacer problemas aritméticos, el niño podría centrarse en ello perfectamente. Esto, que algunos han pensado que es una mejoría desde el punto de vista social, es la perspectiva que se muestra en los ensayos de eficacia de estos estimulantes.

[…]

Sin embargo, nada de esto revela que el tratamiento en el fondo ayude al niño. Los estimulantes funcionan para los profesores y quizá para los padres, pero, ¿realmente ayudan al niño? Aquí, desde el principio, los investigadores se han dado contra un muro.

Los niños con estimulantes sienten un disgusto intenso por tomar pastillas y, según el estudio multicentrico multimodal liderado por Jensen ―al que me referiré mas adelante― a los 8 años los padres también. Los niños de Rubifén (Jacovitz, 1990) se ven, asimismo, menos contentos de sí mismos y más disfóricos. En lo relativo al hecho de socializarse y hacer amigos, los estimulantes tienen pocos efectos positivos y una alta incidencia de efectos negativos. Varios investigadores han documentado el efecto clínico del Rubifén reduciendo la curiosidad del niño por su ambiente, disminuyendo su vivacidad y aumentando su aislamiento. Los niños de Rubifén a menudo se hacen pasivos, sometidos y aislados socialmente.

Otros investigadores informan del efecto sobre la imagen de sí mismo del niño que toma una medicación para funcionar de manera normal, como una imagen dañada por una percepción de ser malo o tonto si tiene que tomar una pastilla. El niño desconfía de su mente y de su cuerpo y de su propia habilidad de crecer y madurar, tiene que creer que las pastillas hacen un efecto mágico y le convierten en un niño bueno (Stroufe,19 73).

Cuando se habla de todo este rosario de efectos perniciosos, de que un niño se hace inseguro, solitario, lleno de complejos, y cuando se investiga si por lo menos este medicamento ayuda académicamente y le compensa obteniendo buenas notas nos encontramos que esto no es así. El ser capaz de sostener la atención en un test no se convierte en logros académicos a medio plazo. Este medicamento aumenta la capacidad en tareas repetitivas y rutinarias que requieren atención sostenida, pero en el razonamiento y en la resolución de problemas, en el aprendizaje, no parece tener un efecto positivo.

Al cabo de tres años, Jensen y colaboradores (Jensen 2007.) reportan que el uso de la medicación es un marcador significativo, no de resolución beneficiosa, sino de deterioro.

Asimismo, estudios ulteriores muestran que el uso prolongado de estimulantes no mejora la capacidad académica a ningún nivel (Whittaker, 2010). Otros metanálisis muestran que los síntomas cardinales de TDA ―impulsividad, inatención― empeoran en comparación con los que están sin medicar, con el añadido de que esa población está significativamente más expuesta a tener problemas conductuales de tipo oposicionista y disocial

 

Entra el bipolar

Después de una epidemia de TDAH llegaron noticias de que la depresión infantil estaba campando por sus respetos y, no mucho más tarde, en los años 90, el trastorno bipolar juvenil explotó en las narices de la opinión pública, en gran medida promocionado por el grupo del Mass General Hospital. Periódicos y revistas de información general explicaron este fenómeno como si fuera un nuevo descubrimiento científico de una enfermedad que estaba larvada y no descubierta. Hasta entonces, la enfermedad maníaco depresiva en niños era extremadamente rara y, aún así, la escalada de niños identificados con este trastorno fue tan fuerte que se multiplicó por 40 entre 1995 y 2003, tanto, que incluso los periodistas se empezaron a preguntar si era algo anormal.

Algunos científicos se preguntan si algo en el estilo de vida moderno no está empujando a niños a un estado bipolar que de otra manera no habrían tenido. Antes de la era psicofarmacológica era un trastorno muy raro y tenía una afectación de 1 cada 10.000. En 1945 Bradley afirmó que el trastorno maníaco en la edad pediátrica era tan raro que era mejor evitar el diagnóstico en niños; también otros autores lo sostuvieron hasta los años 70, que es cuando los estimulantes se empezaron a prescribir en masa (Whittaker, 2010).

Así, lentamente, empezaron a aparecer casos en la literatura. En 1976 Weinberg, neurólogo pediátrico, publicó en el American Journal of Diseases un artículo comentando que quizás el concepto de que la manía no ocurre en niños deba ser revisado para poder entender e identificar esta enfermedad. Este fue el momento en el que se descubrió la enfermedad. Revisó los casos de cinco niños pero no detalló que al menos tres de ellos habían sido tratados con antidepresivos o con Rubifén. Dos años más tarde, se publicaron una serie de nueve casos sin reparar que habían sido tratados anteriormente con estos medicamentos. Strober y Carlson (1982), en UCLA, mostraron que 12 de los 60 niños tratados se habían vuelto bipolares en tres años. La sugerencia de que la medicación podría haber influido quedó retorcida con el argumento de que la medicación lo que hacía era desenmascarar esta enfermedad latente, y este desenmascaramiento de la enfermedad bipolar enseguida despegó. La prescripción de Rubifén y de antidepresivos también despegó en los 90 y, paralelamente, la epidemia bipolar explotó (ver gráfico). http://www.temasdepsicoanalisis.org/la-ideologia-de-la-neurociencia-2/

Entre los años 1996 y 2004 el número de niños diagnosticados con esta terrible enfermedad se multiplicó por cinco, afectando a uno de cada 15 niños prepuberales en América. El descubrimiento de la enfermedad bipolar en niños pronto se aceleró. El número de niños agresivos y fuera de control admitidos en las unidades psiquiátricas, se disparo por todo lo alto.

Investigadores de Yale, (El–Mallakh, 2002) revisaron a lo largo de cuatro años las historias de 8.7ooo pacientes tratados por depresión o ansiedad y determinaron que aquellos que habían sido tratados con antidepresivos hacían una conversión a bipolar a un ritmo del 7,7%, es decir, tres veces superior al de aquellos no expuestos a antidepresivos.

En un estudio de seguimiento a los 10 años, Bárbara Geller (1982), de la Universidad de Washington, decía que la mitad de los niños prepuberales tratados por depresión, terminaron con un trastorno bipolar, lo cual nos lleva a la ecuación bipolar: si actualmente se tratan 2 millones de niños, crearemos aproximadamente 500.000 bipolares.

Tema recortado textualmente de: http://www.temasdepsicoanalisis.org/la-ideologia-de-la-neurociencia-2/La ideología de la neurociencia, por: Manuel Fernández-Criado. En: Temas de psicoanálisis, Núm 8. Julio 2014.

La mentira, la fantasía y la personalidad infantil

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Nada encrespa y molesta más a los padres y educadores que la mentira que puedan decir los niños. Un niño puede mentir por muchas razones: por imitación o por presión social. Si te encuentras en esta situación, el primer paso que debes dar es averiguar el por qué el niño miente. Después, buscar estrategias adecuadas que estimulen el equilibrio emocional del niño.

¿Cuál es la diferencia entre fantasía y realidad para un niño?

¿A qué edad el niño tiene la capacidad de mentir?

¿Por qué los niños mienten?

¿Qué encubre la mentira infantil?

Este breve vídeo puede dar respuesta, de manera sencilla, a estas preguntas. 

VER VÍDEO….

Fuente: guíainfantil.com 

Ilustración: Amy Sol 

Guía de Duelo Adulto

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El equipo de expertos de FMLC publica la “Guía de Duelo Adulto”, un manual gratuito, ilustrado por Malagón, que ofrece a los profesionales sanitarios información sobre cómo afrontar el duelo, así como herramientas para gestionar situaciones de gran intensidad emocional

Descárgala aquí.

10 Razones para No golpear a los niños.

Los niños que obedecen por miedo al castigo nunca aprenden a determinar cómo suceden las cosas, ni a resolver conflictos de manera empática y satisfactoria. Su autoestima se ve destruida debido a la humillación que producen los maltratos. Esto no quiere decir que los padres no deban ser firmes en la educación de sus hijos. La firmeza ayuda al niño a entender límites y normas de convivencia, dentro y fuera de la familia.

Por otra parte, cualquier método que promueva la comunicación y el respeto mutuo puede ser efectivo para lograr buenos resultados; aunque, sin lugar a dudas, la mejor forma de enseñarle a un niño una conducta, una actitud, o un valor, es practicándolo. Los niños son grandes imitadores de sus padres.

Entonces: ¿Es usted capaz de ser todo aquello que quiere que sea su hijo?

 En este artículo, Jan Hunt enumera 10 razones para no golpear a sus hijos. Aunque existen muchísimas más, esta síntesis resume muy bien algunos puntos ampliamente desarrollados en otros textos de «Project NoSpank»

10 RAZONES PARA NO GOLPEAR A LOS NIÑOS: LEER.

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